El mito de gobierno en crisis

El mito de gobierno en crisis
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El caso santafesino luego del reclamo policial. 

¿Qué pasa cuándo se resquebraja una de las columnas vertebrales de la narrativa de gestión? ¿Se puede reconstruir el consenso social? 

*Natalia Gigliotti.

Con frecuencia vemos gestiones de gobierno que continúan creyendo que controlar la agenda mediática equivale a estar blindados a los problemas y esto les permite gobernar sin conflicto. Que administrar la pauta oficial equivale a administrar el consenso. Que dominar el relato es dominar la realidad. Pero la historia política, la teoría de la comunicación y, sobre todo, los hechos recientes en Santa Fe muestran otra cosa: la pauta puede comprar silencio, pero no puede comprar legitimidad.

Durante las últimas semanas, el amotinamiento policial en la provincia de Santa Fe expuso una escena incómoda. No sólo porque puso en evidencia el malestar dentro de la principal fuerza encargada de sostener el orden público, sino porque mostró algo más profundo: los límites de un ecosistema mediático estructurado alrededor de la pauta oficial y el intento de sostener, a través de la comunicación, un consenso que comienza a erosionarse.

Este episodio obliga a pensar el vínculo entre comunicación gubernamental, consenso político y gobernabilidad. Y también a preguntarse cuánto puede resistir un relato cuando la realidad empieza a contradecirlo.

En las democracias contemporáneas, la pauta oficial no es simplemente una herramienta administrativa: es un dispositivo estructural del poder y forma parte de lo que Mario Riorda denomina las rutinas de la comunicación gubernamental, es decir, el conjunto de prácticas mediante las cuales los gobiernos construyen sentido político y buscan legitimar sus acciones ante la sociedad. Es parte de las reglas del juego en nuestras democracias.

En ese marco, la comunicación gubernamental no es un accesorio de la gestión: es parte constitutiva de ella. Como sostiene Riorda, la idea de que un gobierno puede “gobernar bien pero comunicar mal” es una falacia, porque la comunicación política tiene un objetivo central: generar consenso. Si ese consenso no existe, la gestión tampoco puede considerarse exitosa.

En Santa Fe, el sistema de medios tradicionales (televisión, radio, portales digitales, diarios) ha funcionado durante años como un ecosistema relativamente estable, estructurado en buena medida por la pauta oficial. Este esquema permite a los gobiernos definir prioridades, jerarquizar temas y, sobre todo, establecer los límites de lo decible.

Sin embargo, este modelo tiene una debilidad estructural: depende de que el consenso que busca construir tenga alguna base en la realidad.

Luciano Elizalde y Mario Riorda sostienen que el objetivo central de la comunicación gubernamental es la construcción del consenso como condición de gobernabilidad. No se trata simplemente de persuadir, sino de crear las condiciones simbólicas y materiales que permitan sostener el poder político en el tiempo. Este consenso no es un estado permanente ni garantizado. Es una construcción dinámica, frágil, sujeta a tensiones constantes.

Cuando el consenso comienza a erosionarse, los primeros síntomas no aparecen necesariamente en los resultados electorales, sino antes, en conflictos sectoriales, en protestas, en rupturas internas, en la emergencia de discursos alternativos que desafían el relato dominante.

El amotinamiento policial de febrero de 2026 en Santa Fe es, en este sentido, un síntoma político antes que un hecho meramente sectorial. Es la manifestación visible de una grieta en el consenso. Principalmente porque gobernar es sostener un equilibrio complejo entre expectativas sociales, condiciones materiales y legitimidad simbólica, no apenas intentar controlar el relato mediático.

Cuando ese equilibrio se rompe, la comunicación deja de ser una herramienta de legitimación y se convierte en un instrumento de contención.

El resquebrajamiento del mito de gobierno

Riorda sostiene que todas las gestiones gubernamentales precisan de un mito de gobierno, es decir, una narrativa estructurante que organice el sentido de la gestión y permite que la sociedad interprete sus acciones dentro de un marco coherente. En el caso del gobierno de Maximiliano Pullaro, ese mito es claro: el orden, la seguridad, el control del territorio frente al narcotráfico.

Se trata del núcleo simbólico de la legitimidad del gobierno. Entonces, cuando la realidad contradice ese núcleo simbólico, el mito de gobierno no se debilita gradualmente, se quiebra de manera abrupta: ¿Qué ocurre cuando la propia policía, el instrumento central de ese mito, se convierte en un actor de conflicto? ¿Qué ocurre cuando quienes deben garantizar el orden se convierten en protagonistas del desorden?

Definitivamente comienza un momento en el que la comunicación, mediante la pauta, ya no alcanza para sostener el mito de gobierno. Se trata de un problema esencialmente político.

En este sentido, Luciano Elizalde sostiene que una crisis emerge cuando está en juego la posición relativa de poder de un actor, y que su resolución depende de la capacidad de reconstruir consenso en distintos escenarios, incluido el mediático. La crisis policial en Santa Fe no fue solamente una crisis salarial o laboral, fue una crisis de autoridad. Principalmente porque toda crisis pública es, en esencia, una disputa moral sobre la responsabilidad. No se trata solo de lo que ocurre, sino de quién es percibido como responsable de lo que ocurre. 

En este escenario, el gobierno logró contener el conflicto mediante concesiones salariales, pero el costo simbólico ya estaba instalado. La crisis expuso una vulnerabilidad, y éstas, una vez visibles, no desaparecen fácilmente.

Atravesamos contextos complejos, multiplataformas, con una demanda de atención constante y perpetua. La comunicación gubernamental debe colarse en esa complejidad, construyendo el sentido político de la gestión, instalar relatos, ordenar la agenda, postergar el impacto político de las crisis. Lo que no puede hacer es reemplazar el consenso cuando todos estos elementos no tienen asidero en la realidad, o a menudo, son contradecidas por ésta. 

Cuando el consenso comienza a erosionarse, las grietas aparecen primero en los márgenes y avanzan hacia el centro. El gobierno santafesino enfrenta hoy ese desafío, que no es el de comunicar mejor, sino el de reconstruir el consenso social. Porque si hay algo que no puede hacer ninguna narrativa mediática, paga o no, es crear legitimidad.

*Maestranda en Análisis Político (UNTref); Licenciada en Comunicación Social especializada en Comunicación Política (UNER). Socia plena de la Asociación Argentina de Consultores Políticos. 

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